Según informó la prensa hace pocos días, en menos de tres meses han muerto unos tres mil delfines en el océano peruano, aparentemente como consecuencia de la llamada “burbuja marina” generada por equipos de exploración petrolera en el fondo del mar. La explicación a este fenómeno terrible para la ecología y la vida animal, se viene dando -según he podido leer- con el cuidadoso uso del condicional: habría, sería, probablemente… Sin embargo, todo parece apuntar a una conclusiòn afirmativa. Repito, es terrible ¿Cuál sería la respuesta frente a esto? ¿Que se eliminen, de plano, absolutamente, irreversiblemente, todos los trabajos de exploración y explotación petrolera, porque -digamos- demostrado está que son perjudiciales para el equilibrio ecológico? Sabemos, y está probado hasta la saciedad, que la minería, en general, es contaminante, pero -hasta donde se sabe- pueden sus efectos perjudiciales ser contralados y reducidos (la tecnología ofrece los medios y recursos para tal fin). ¿Debiera la minería, que es una actividad económica importante, ser eliminada en nuestra país, y quedarnos solo con la agricultura, el turismo, la gastronomía, la ganadería, la pesca, los tejidos…? Creo, y probablemente estoy equivocado, que cuando se dan casos como el de los delfines muertos en el norte lo que debe hacerse es investigar profundamente las causas y si se llega a saber con certeza cuál es el factor que las produjo, pues hacer las correcciones pertinentes -en los procesos de exploración y explotación- para que la situación no continúe ni se empeore y, claro, imponer las sanciones que correspondan si las circunstancias obligaran. Creo que es lo razonable. Porque las cosas deben hacerse razonablemente (quiero decir: con la razón, y no movidos solamente por las emociones, las pasiones, el entusiasmo). Con cuestiones delicadas como la de Conga, igual: con la fuerza de la razón y no con la razón de la fuerza. Y aquí -otra vez digo: tal vez me equivoque- es el diálogo lo que debe emplearse para llegar a un entendimiento, habida cuenta que ha ido madurando un estado de discrepancias, desencuentros y, digamos, intolerancia y testarudez. Y además -aunque parezca un lugar común y pudiera demostrar falta de imaginación y suene a leguleyada- debo decir que a lo que tiene que recurrirse es a lo que la ley señala y prescribe: todo proyecto minero debe sustentarse, entre otras cosas insoslayables, en un estudio serio de impacto ambiental (serio y no como -aparentemente- suelen darse: amañados). Pero si una de las partes, oficiales u oficiosas, que debiera intervenir en el diálogo dice no y no al proyecto, las cosas se complican, pues. Cuando se arriba a este punto, el grado cero de la situación, encontrar una respuesta me parece muy difícil. Probablemente (supongo) habría que analizar cuáles son las competencias legítimas de las autoridades o los agentes intervinientes en el conflicto, y si alguien están excediéndose, caballero nomás, decirlo y, acto seguido, indicarle dónde se ubican los puntos de las íes. El Estado de Derecho no es, no puede ser, un orden jurídico débil o tonto. Justo sí, democrático sí, dialogante sí, receptivo sí. Pero no enclenque. Que en el tema del oro debe prevalecer o, mejor dicho, ocupar una prioridad vital, el tema del agua y la protección del medio ambiente, no lo dudo; pero, repito, prevalecer, y no necesariamente ser un tema exclusivo ni menos excluyente. Aplaudo, todos debemos aplaudir, la notable preocupación que la población pone de manifiesto respecto de la ecología y el resguardo de los medios o recursos útiles para la vida, como es el agua. Eso es muestra de responsabilidad e inteligencia. Pero que nadie (ni menos unos cuantos violentistas y uno que otro que probablemente sueña con acceder algún día al poder) se aproveche de la situación, las preocupaciones y las esperanzas. Ojalá no sea así. Pero lo que sí creo que es innegable, es que -como quiera que ya se acabó el discurso de la lucha de clases, ya perdió terreno y creo que justificación- ahora los soñadores de la utopía derrumbada han encontrado un nuevo filón, el tema ecológico, como caballito de batalla. Tal vez me equivoque, pero en esto sí estoy seguro.

Al definir “Conductismo”, en su segunda acepción, el DRAE dice: “Psicol. Estudio de la conducta en términos de estímulos y respuestas.” En nuestra opinión y -estamos seguros- en opinión de psicólogos también, en esto no hay nada que discutir; todo está claro. Qué es lo que quieredecir, en otras palabras el Diccionario: que el conductismo estudia la conducta en todo cuando se refiere o relaciona a los estímulos y respuestas. El motivo de esta nota no está, pues, atado a una preocupación de carácter psicológico, sino en relación con algo que acabamos de leer en El Comercio (Lunes 26 de marzo, pág. 20), escrito por don Marco Aurelio Denegri. El ahora columnista del diario decano, expresa enfáticamente lo siguiente: “Es lamentable que la Academia haya claudicado una vez más ante la expresión del vulgo hablante y diga ahora ‘en términos de’, según puede verse en el DRAE 2001″. Así de firme y rotundo es don Marco Aurelio, como siempre. Sustenta, además de basarse en su propio e insobornable criterio, en lo escrito por el lingüista Wilson Follett (autor de Modern American Usage), quien refiere que la expresión inglesa “in terms of’ (que sería el origen de la expresión nuestra) no es correcta, que “está mal”. Don Marco Aurelio -purista hasta la “remaceta”- recomienda oficiosa y diligentemente que, en lugar del mencionado “barbarismo” se diga “en relación con, o con relación a”. Bueno, como reza el dicho popular, consejo, hasta de un conejo. Pero lo que nos parece inadmisible es que se quiera prohibir un uso que está, diríamos, masivamente generalizado (perdonen esto que parece o es una redundancia). Y nos parece también que don Marco Aurelio no ha leído, o si lo ha hecho se ha olvidado, lo que el mismo DRAE dice justa, oportuna e inteligentemente en su Preámbulo, empleando palabras del poeta romano Horacio: “el uso, árbitro, juez y dueño en cuestiones de lengua”. El uso, bueno o malo, correcto o incorrecto, manda, pues. La Academia es autoridad, sí, pero no autoridad imperativa ni mucho menos impositiva. Puede, si quisiera, proponer, pero, como escribe el académico Manuel Seco, el lenguaje por ser un hecho humano está “sometido a la voluntad humana; no solo la voluntad del que propone un uso, sino la del que decide seguirlo”. La Academia, en este caso de la expresión “en términos de”, como en todos los casos, no ha “claudicado”; afirmarlo es (lo decimos con una palabra muy grata para nuestro erudito Denegri) una barbaridad. La Academia no cumple (nadie le ha dado esa función) el papel de guardian ni de censor del idioma. Repetimos lo escrito en anterior oportunidad. “La lengua no la crean los académicos ni los escritores, sino el pueblo; y es el pueblo también quien la modifica y, eventualmente, puede hacer que desaparezca. Yo siempre he creído que la lengua es acaso lo más democrático que existe; en ella no se dan imposiciones verticales, desde arriba, sino todo lo contrario. La Academia recoge, asimila y consagra expresiones que los hablantes van, cotidianamente, aceptando como útiles para la comunicación.” Así que, hablando en términos del idioma, la cosa es muy clara, don Marco Aurelio.

Hoy día, 23 de marzo, se cumple un año más del nacimiento de uno de los más insignes intelectuales peruanos de nuestra época republicana (nació en 1897). Un hombre en cuyas responsabilidades (no obligadas, sino asumidas voluntariamente y con cariño, lo cual es lo más digno) supo desarrollar sus labores con eficiencia, lucidez y ponderación. Como historiador, maestro y diplomático, dio su voluntad, inteligencia y cultura por el Perú; su vida, en buena cuenta. No faltó, sin embargo, quien irresponsable e infamemente -no obstante lo obvio de su abundante, documentada y valiosa obra, capaz de doblegar cualquier despropósito- le endilgara el absurdo mote de “hispanista”. Pero fue -y todos sus trabajos lo demuestran ostensiblemente- el historiador que supo -habiendo incursionado prácticamente en todos los aspectos y etapas de nuestro pasado- defender, con uñas y dientes, la integridad de nuestra historia e integridad además de la ineludible condición simbiótica de nuestro pasado y presente. Como maestro, dejó una herencia de profesionales e intelectuales de nota que nos enorgullecen y lo recuerdan entrañablemente: Vargas Llosa, uno de ellos, que durante los últimos años trabajó codo a codo con él, reconoció en alguna ocasión que la historia del Perú la aprendió “en su biblioteca de la calle Colina”. En España, como diplomático, manifestó una actitud pocas veces repetida -por otras personas- de dignidad y patriotismo: renunció a la misión diplomática ante el agravio a los símbolos patrios y la pusilánime, cobarde e indecorosa respuesta del gobernante de turno que poco antes había alterado el orden democrático derrocando a Bustamante y Rivero que fue uno de los más decentes gobernantes que ha tenido el Perú. En otra oportunidad, ya casi al final de sus días, expresó valiente e insobornablemente su vocación por la libertad, la justicia y la unidad latinoamericana cuando en la Reunión de Cancilleres de Costa Rica se vio el delicado caso de Cuba. Este hombre murió a los 63 años, siendo -¡cómo no!- el blanco de diatribas y casi demenciales agravios, incluso de algunos desleales personajes formados por él. Como alguna vez llegó a expresar Martin Adán en una conversación privada, según recuerda uno de los más conspicuos discípulos del autor de Las Fuentes Históricas: “A porras no lo mató la cardiopatía, lo mató la Cancillería?. Lo mató la deslealtad y la infamia. Merece, sin ninguna duda, un justo homenaje oficial. La sala del Palacio de Gobierno -es mi modesta opinión- en la que se reciben las credenciales de los embajadores que se acreditan en nuestro país, debería llevar su nombre y ostentar en lugar preferencial su imagen serena y respetable. No se le debe “ningunear”. El Perú le debe mucho a él. Raúl Porras Barrenechea -que es el ilustre personaje al que me refiero- lo merece, por justicia y gratitud patriótica.

¿Recuerdan los sacrificios de que nos habla la Biblia? Se quitaba la vida a ciertos animales (“un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal, para el holocausto”); no era para el consumo ni para la diversión sino para contentar a los dioses. ¿Dónde está la diferencia? Matar es lo mismo, sea por consumo, diversión o “para contentar a Dios”. El asunto no está, pues, en eso sino en el impacto que causa en muchos la manera como se le da muerte a un animal y porque -como lo he dicho en otra parte- eso se da de modo digamos visible (se ve la sangre que corre por el lomo del toro mientras muchos aplauden) y, obvio, quienes son sensibles frente a eso se sienten golpeados, heridos y dan el grito al cielo. ¿Por qué no ocurre lo mismo, por qué no se reclama, por ejemplo, respecto de la forma como se trata y se da muerte a las reses en los camales, si allí también el comportamiento de los matarifes suele ser “inhumano”? Por una simple razón: eso no lo vemos, no lo sabemos. ¿Por qué no sentimos pavor cuando le damos un pisotón a una araña, a una cucaracha? Por una razón simple: porque las vemos como enemigas, como despreciables. ¿Por qué, en cambio, nos solivianta que alguien maltrate a nuestras mascotas o nos produce tristeza el que ellas, nuestras mascotas, se mueran? Por una razón simple: porque están cerca de nosotros, nos acompañan, nos son útiles espiritualmente, nos divierten, las sentimos como parte de nuestra familia; por eso las cuidamos. Existe, pues, según el caso, una relación de cercanía, que nos involucra, o de kilométrica lejanía que nos hace indiferentes. No es precisamente que sufrimos, si es que esa es la experiencia que vivimos, por lo que le pasa al animal, sino por lo que nos pasa a nosotros mismos: el ver la sangre nos afecta y eso es lo que no queremos experimentar. Hay personas, por ejemplo, que si se pinchan el dedo y aparecen una gotas de sangre, se desploman desmayados; no es que esa pérdida tan minúscula del fluido haya tenido un efecto “cuasi mortal”, sino que el impacto digamos visual es lo que ha hecho que la persona sufra tal efecto. Cuando muere un ser humano querido, ¿por qué lloramos, por qué nos sentimos desconsolados? ¿por él? No. Es por nosotros mismos. Porque sentimos que nos hace falta. No es precisamente por “solidarizarnos” con el difunto, por una motivación “altruista”, de “identificación”. Es por egoísmo. ¿Por qué muchos (claro, muchísimos) están de acuerdo con el aborto y lo practican sin empacho y hasta con “orgullo” y hasta se convierten en activistas y lo promueven como “políticas de Estado”? Por una razón simple: porque están convencidos de que ese “montón de células” (así llaman al ser humano que está formándose en el vientre de una mujer) si bien no es un enemigo, sí se trata de “algo” que les va a hacer la vida imposible, va a resultar antieconómico, les va a impedir seguir estudiando, les va a recordar al padre violador, les va a avergonzar; es decir, porque es algo despreciable. Saben, pues, que no es que ese ser humano en formación merezca morir, sino que ellos no merecen tenerlo porque lo que quieren es protegerse a sí mismos. Repito: egoísmo. Pero esas mismas personas (intuyo que al menos el 90% de ellos) rechaza visceralmente las corridas de toros e insultan a quienes sí están de acuerdo con la “fiesta brava”. Como decía Nietzsche: “Humano, demasiado humano”, pues.

Según el Ministro de Justicia, el Ejecutivo propondrá la incorporación del negacionismo como delito.

El negacionismo sería, así, una figura penal caracterizada por la negación de los crímenes cometidos por grupos terroristas. Esta medida se daría en vista de que el delito de apología delterrorismo no dio lugar, en la práctica, a sanciones reales y efectivas. Es innegable que la propuesta en mención va a dar pie a más de una opinión (de apoyo y de discrepancia). En algunos países, como Alemania, el negacionismo es considerado un delito. Pero, sinceramente, aún a pesar de las respetables razones que sustentan tal cosa (y de las justificaciones que se pretenderían dar en nuestro país), creo que que se trata de una norma absurda, descabellada. El negar los crímenes, como los perpetrados por Sendero Luminoso, por ejemplo, no es una conducta que pueda -en un sano juicio- tipificarse como delito, pues corresponde simple y llanamente a una percepción, a una opinión, a un criterio, respecto de algo ocurrido y no respecto de lo que pudiera ocurrir en adelante. Nadie comete un crimen retroactivamente. Si yo dijera que la muerte de Edwin Elmore no fue un crimen, ¿acaso me convertiría en culpable de lo que hizo Chocano y debiera, por ello, ser perseguido? No. Esto solo correspondería a una visión distorsionada, equivocada y estúpida acerca de ese hecho. Y, como sabemos, la estupidez no es condenable. El negacionismo es, simplemente, eso: estupidez, ceguera histórica, nada más. Como dije en otro momento, el Estado tiene derecho a defenderse y a defender a la sociedad y por eso tiene en sus manos la facultad punitiva. Pero la defensa debe efectuarse bien, sin deficiencias ni excesos, y, sobre todo, con inteligencia. Sin atentar contra derechos básicos, respetándolos. La apología puede -con justa razón- ser un delito, porque no solo se comporta como defensa, sino como aliento, como apoyo a aquello que es dañino. En cambio, una interpretación de los hechos ocurridos a través de la historia, es solo el ejercicio (inteligente o -repito, y disculpen el exceso- estúpido) del derecho a pensar.

Esperemos que se imponga el buen juicio.

Desafortunada y lamentable la declaración de uno de los más entrañables escritores peruanos, Oswaldo Reynoso, respecto de la agrupación criminal fundada por Abimael Guzmán, que cometió los más atroces atentados contra pueblos humildes de nuestro país, y la otra que protagonizó la toma de la residencia del embajador de Japón. Según el autor de En octubre no hay milagros, no son grupos terroristas. ¿Es ánimo provocador lo que le ha movido a decir tal barbaridad o está plenamente convencido de lo que piensa y dice, o es que, simplemente, no le dio la gana de revisar, al menos, un barato diccionario de bolsillo? Sinceramente lo digo: no sorprendería que en adelante nos anuncie una nueva colección de cuentos en que los inocentes ya no sean aquellos chiquillos de sus imprescindibles relatos, sino los miembros de un comité de aniquilamiento tal vez en el Huallaga. Qué lástima!

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Un delito no es lo que a nosotros -peatones comunes y corrientes- se nos ocurre llamar así, sino aquello que la ley penal ha tipificado como tal y, obvio, le ha asignado la denominación correspondiente. El terrorismo en el Perú es considerado un delito a partir de 1981 (cuando se dio el Decreto Legislativo 046), pero cuando comenzaron las acciones irracionales de Sendero en Ayacucho (con la quema de ánforas electorales en Chuschi) y en Lima (con perros colgados en postes de la avenida Tacna) ya estábamos frente a hechos que fueron promovidos para infundir terror. Y eso no es otra cosa que terrorismo, con ley que lo tipifique o sin ella.

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Nadie prohíbe las opiniones de nadie. Y nosotros -tú, yo, cualquiera- también tenemos derecho a opinar acerca de las opiniones de los demás. Puede uno, con todo derecho, decir no estoy de acuerdo o decir algo o mucho más. Una opiniòn como la de Reynoso no solo es deplorable, en opinión mía y de otros,  porque no estemos de acuerdo con ella, sino porque viene de una persona cuya obra literaria admiramos y queremos. Oswaldo es, con esto y a pesar de esto, un escritor valioso y por eso lo admiramos. Pero no todo lo que él diga merece aprobación o un simple “no estoy de acuerdo”. Esta opinión que él ha expresado es grave; coincidente, en gran medida con lo que piensa Crespo y el otro abogado de Movadef.

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Un escritor, por otra parte, por más admirado y querido que sea no puede ser colocado en el pedestal de los intocables, porque no es sagrado ni frágil. Si suelta, desenfadada, imprudente u osadamente un razonamiento que choca contra la sensibilidad de un pueblo que sufrió por la demencia y perversidad de una agrupación que -según se desprende de las palabras del escritor- debieran tal vez ser considerados inocentes, como los personajes de esa colección tan entrañable de cuentos que él escribió, pues si ello pasa -caballero nomás- se convierte en pasible de cuestionamientos. Así de simple.

LOS RODRÍGUEZ. ¿Cuántos? Cinco, pero todas mujeres. Ah, o sea que es “chancletero”. Sí, pues, “chancletero” es don Rodríguez, me dijeron. Así lo conocí (Rodríguez el chancletero), así se hicieron conocer todos los miembros de su familia: los Rodríguez. Un día -hace unos cinco meses, más o menos- tocó a la puerta una señorita que venía a efectuar unas cobranzas, creo que por unas frazadas que algún agente vendedor de la empresa en que laboraba había dejado para ser pagadas en cuotas semanales. Pero la jovencita se equivocó de dirección. Nosotros nos apellidamos Álvarez, le dije. Volvió a revisar sus papeles y, efectivamente, comprobó su error; la familia que buscaba aparecía con el número de vivienda 24-B. Ah, los Rodríguez, le dije a la bella jovencita. No, me respondió: tienen otro apellido. Fue una sorpresa escuchar tal cosa. No, señorita -volví a intervenir, terco-: son los Rodríguez. Llamé a mi hermana, con la seguridad de que iba a darme la razón. Ella me contó la historia. “Brigitte -comenzó el relato-, la hija mayor de los vecinos, me confesó un día que ella y sus hermanas querían que el apellido que llevan fuese otro, porque no se sentían bien con él”. Pero qué absurdo, dije yo. ¿Quitarse el Rodríguez, por qué, por algún resentimiento, tal vez? “Por vergüenza”, precisó mi hermana. “Pero -aclaró- no es Rodríguez, que es el apellido de la madre, una modesta costurera, el que quisieran que desaparezca, sino el del padre, humilde albañil”. Cómo es la cosa, entonces, pregunté. Lo que pasa es que el apellido del padre es Quispe; y eso es lo que a Brigitte y a sus hermanas Pamela, Carla, Giovanna y Emperatriz, les disgusta y avergüenza. Ah -volví a intervenir-, entonces no solo es absurdo lo que ellas quisieran que se hiciese; es, también y sobre todo, estúpido e indignante. Y repudiable también la actitud de los padres que, ocultando el apellido paterno, reforzaron el complejo injustificado de sus hijas. La chica que llamó a nuestra puerta se retiró y se fue donde los Quispe a cumplir con su cobranza; pero antes nos dijo esta lamentable verdad que carcome la realidad peruana: este no es el primer caso ni es el único. Efectivamente, yo sé de otros en que llegaron a quitarse el Quispe. Tras decirle adiós, agregué, medio desalentado pero esforzándome en ser optimista: ojalá fuera el último.

Como lo he dicho antes, si algo de bueno tiene aquel tan celebrado vals que cantaba Abanto Morales, es su título: “Cholo soy, y no me compadezcas”. Lo demás -salvo algún desborde “contestatario”- es indignante: “Déjame en la Puna vivir a mis anchas, / trepar por los cerros detrás de mis cabras, / arando la tierra, tejiendo los ponchos, pastando mis llamas…” No podemos negar que los versos citados son bellos. Sin embargo, ponen de manifiesto un afán de autoexclusión , de arrinconamiento por voluntad propia (“dejame…trepar por los cerros”); como si el cholo debiera asumir como una inapelable y acaso bendita condena, el quedarse en la puna para vivir a sus “anchas”. Lo otro -la ciudad, el progreso, etc.- es o debiera ser -según de infiere de la canción (originalmente poema)- para aquellos que dicen “que el cholo es sin alma/ y que es como piedra, sin voz ni palabra”. Probablemente la intención del autor y, claro, también de nuestro querido “cantor del pueblo”, haya sido dar una respuesta contundente y sólida ante el maltrato secular que ha sufrido la gente del ande. Lo que ha logrado, ello no obstante, es todo lo contrario: una suerte de reafirmación del maltrato y una acentuación del complejo de inferioridad. Si un costeño desubicado le grita a un andino: “serrano, vete a tu puna”, tal vez esté adoptando una postura de agresión digamos “racista” y discriminadora. Pero eso mismo, esta vez desde el agredido, expresa el poema del argentino Boris Elkin que en nuestro país hizo famoso, casi como un himno reivindicatorio, don Luis Abanto Morales; si el uno dice “vete a tu puna”, el otro insiste: “déjame en mi puna”. Por eso, repito, lo único bueno de esta canción es su título: “Cholo soy, y no me compadezcas”.

Dice Alberto Adrianzén en “Apogeo y crisis de la Izquierda peruana” (diciembre 2011): “En la década de los ochenta, es decir hace treinta años, la izquierda peruana era, acaso, la más grande de América del Sur. Ello era expresión de décadas de trabajo político tanto en el campo como en la ciudad, pero sobre todo de una suerte de simbiosis con el pueblo peruano.” Falso. La presencia realmente significativa de la Izquierda en el Perú no se debió a las “décadas de trabajo político” en el campo y la ciudad. Eso es como decir (porque se dijo realmente) que Susana Villarán ganó las elecciones municipales porque la izquierda “ha ganado espacios en los sectores populares”. Falacia. Susana ganó por el impactó que generó su sonrisa, tierna en el momento oportuno, y sus gestos medio maternales, frente a lo acartonado de Lourdes Flores. No hubo un componente ideológico que estimulara la simpatía electoral. Lo que pasó con la Izquierda a principios de los años 80 si tuvo una carga política; pero no por esfuerzo propio. Se debió a esto: el gobierno de Velazco irrumpió con discursos y actos de corte “revolucionario” que prestigiaron en alguna forma todo aquello que tuviera que ver con reivindicaciones populares y cambios en las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales. Empleando una palabra muy grata a Paulo Freire, diría que la “revolución” se había introyectado en los peruanos. El cambio de rumbo que le dio Morales Bermúdez a las cosas dieron lugar a una suerte de indignación que alimentó el “antisistema”. Por ello es que la Asamblea Constituyente se pobló de gente progresista y, digamos, radical, que apostaba por el cambio. Hugo Blanco y su perorata violentista pegó fuerte (recuerdo más o menos lo que dijo frente a las cámaras de TV: “Fuimos un país orgulloso por su harina de pescado; la harina se iba a alimentar a los galgos de Londres, y nosotros nos quedamos con el orgullo”). La izquierda tuvo una presencia notable: alcanzó aproximadamente un nada despreciable 30% de la simpatía nacional. No puede negarse que Alfonso Barrantes también puso su cuota a favor: la consecuencia y la decencia. La intensificación de los actos criminales de Sendero Luminoso fue la estocada que lentamente iba destruyendo (así como destruyó miles y miles de vidas sobre todo de gente humilde) la primavera, el esplendor, de la llamada izquierda democrática. Muchos (claro, por la satanización que comenzó a generalizarse) empezaron a confundir las cosas: “izquierda es violencia, izquierda es destrucción”, pensaban. Pudo haber tenido algún efecto la división de enero de 1989, pero el golpe mayor -de con secuencias irreversibles- se produjo en diciembre de ese año, cuando cayó el muro de Berlín tras cuatro años de trabajo continuo que ejerció Mihail Gorbachov minando las bases del socialismo. La Izquierda peruana, por grande que hubiera sido el esfuerzo de algunos de sus líderes y a pesar de las enseñanzas de Mariátegui (“ni calco ni copia”), ha sido siempre un remedo sin imaginación de lo que pasaba fuera de nuestras fronteras, más allá de nuestro territorio. Nació y creció (digo, es un decir) y así también se esfumó. Ahora solo es un nombre y unos cuantos adjetivos y algunos gestos de altisonancia y rabia. Procuró ser un proyecto o un sueño, ahora es solo una pesadilla. Ahora, en medio de desconcierto, extravío y desvarío, quisieran, tal vez, despigmentarse la piel por la moda de la ecología. Hay personajes respetables, honrosos, consecuentes y decentes; pero son la excepción. Repito lo que dije antes: la Izquierda nuestra ya no es revolucionaria, ahora es conservadora. Pero, claro, lo último que debe perderse es la esperanza que, como sabemos, es verde.

febrero 15, 2012 | En: Sin categoría

“¡CHOLO DE MIERDA!”

RACISMO: Veamos. Si, al dirigirme a una persona con rasgos andinos, le digo “Cholo de mierda!”, ¿estoy incurriendo en racismo? Y si la persona a quien me dirijo tiene las características físicas de Fujimori y, por ello, se me ocurre lanzarle un “chino de mierda!”, ¿qué estoy haciendo, también racismo? Y si frente a mí apareciera Karl, el marido de la cantante “Flor de Huaraz”, y yo le espetara, inmisericorde, el “gringo de mierda!”, ¿qué estaría haciendo, igualmente racismo? Evidentemente, ni en el primero ni en el segundo y tampoco en el tercer caso hay racismo. El decir “cholo”, ”chino” o “gringo” es solo una manera de tratar, que se ha convertido en un uso familiar muy común y que -asumámoslo ya- carece de connotación ofensiva. La agresión se da cuando, como en los ejemplos, nos atrevemos -con ensañamiento, alevosía y mala fe- a sumar una calificación grosera e inadmisible, como esta: “…de mierda”. Hace algún tiempo escuché a la directora de una ONG que manifestaba su fastidio porque al referirse a una muchacha afrodescendiente, la gente acostumbraba decir, por ejemplo, “la morena Raquel”. “Por qué tienen que decir “morena”, refunfuñaba. ¿También eso es racismo? En otras palabras: soy negro, pero no me digan negro; soy chino, pero no me lo recuerden; soy cholo, pero si me lo dicen, me insultan. Yo creo que, en realidad, lo que pasa con el vocablo “cholo” no es tanto la rabia -infundada, por cierto- frente a lo que se considera una reprobable muestra de racismo en quienes la emplean para dirigirse a un peruano de origen serrano. No. Lo que ocurre es que, así como casi nadie quisiera apellidarse Quispe (y sé de casos en que han llegado a efectuarse cambios de apellido!), muchos no aceptan que se les llame cholos, sienten vergüenza. Así de simple. Hay todavía -a pesar de Magaly Solier y otras buenas voluntades- un resquemor frente a todo lo andino, a todo lo quechua. Se ha avanzado bastante, sin embargo, pero falta mucho. Y, no podemos negarlo: una de las personas que, en el tema específico de la expresión “cholo”, ha ayudado a que sea asumida con orgullo, ha sido Alejandro Toledo. Hay quienes afirman (obviamente en alusión a la etapa de la esclavitud) que “negro” es signo de oprobio. Negro es un color, simple y llanamente un color. Si yo fuera negro y considerara que realmente es “signo de oprobio”, con justa razón sentiría rabia y vergüenza y probablemente querría, como hizo Michael Jackson: despigmentarme la piel; es decir, curaría el “oprobio” con una medicina oprobiante. El problema, pues, no está en el uso original, remoto, que pudo habérsele dado a tal o cual término, sino en el prejuicio con que actualmente queramos emplearlo o entenderlo. Hace algunas décadas hubo en Norteamérica un movimiento (el “Black Power”, ¿lo recuerdan?) que buscaba acabar con la vergüenza racial y difundieron, como slogan, una frase significativa: “Black is pretty” (Lo negro es bello). De eso se trata: de asumir nuestros rasgos y nuestra identidad, repito, con orgullo y dignidad. Cuando estemos seguros de que nuestros rasgos físicos, nuestros apellidos, el tonito al hablar, el pueblito humilde donde hemos nacido, la manera de vestirse de nuestros padres, la lengua que nos legaron nuestros ancestros, no son, para nosotros, motivo de vergüenza, sino alimento de nuestra dignidad, a partir de ese momento podremos estar seguros de que, por fin, comenzó a hacerse realidad la inclusión social. Cuando las personas, cualquiera sea su extracción social o étnica, no se sientan vulnerables ni pretendan ni acepten ser envueltas en una cápsula hermética, sabremos que todos somos iguales. Mientras haya quienes, en nombre del respeto y la inclusión, las traten como a minusválidos, con el “pétalo de una rosa”, nada bueno se habrá ganado. Inclusión no es sinónimo de sobreprotección. Si algo de bueno tiene el vals que cantaba Abanto Morales, es su título: “Cholo soy, y no me compadezcas!”